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Vivir
en la Residencia
La Residencia de Estudiantes es en la actualidad –el pasado 12 de junio se cumplieron once años de su nueva etapa– una realidad definida por sus singulares características. Cerca de 3.000 investigadores, creadores y artistas de todo el mundo, se alojan anualmente en sus habitaciones; los actos culturales –conferencias, exposiciones y conciertos– convocan a decenas de miles de asistentes cada curso. Y aquello que no puede ser cuantificado: un especial clima de intercambio interdisciplinar que la convierte en un campus informal de las ciencias, las artes y las humanidades, propiciado por la convivencia diaria, desde la tertulia a la hora del café hasta el debate entre especialistas. Todos los servicios, hospedaje y comedor también, son públicos; los actos culturales, de entrada libre y generalmente gratuita. De la particular experiencia que significa vivir la Residencia escriben dos residentes habituales, Álvaro Mutis y Miguel Sánchez Ostiz. |
Aquellos que sólo guardan memoria de la Residencia histórica y quienes la hicieron posible, como Francisco Giner de los Ríos, Alberto Jiménez Fraud y José Moreno Villa; o de sus colaboradores entusiastas, como Unamuno, José Ortega y Gasset o Juan Ramón Jiménez, entre tantos otros, se sorprenderán de saber que detrás del Museo de Ciencias Naturales, en la esquina que forman el Paseo de la Castellana y la calle María de Molina, el que fuera el centro de formación de Federico García Lorca, Severo Ochoa, Luis Buñuel, Salvador Dalí, Francisco Grande Covián o Emilio Prados, y lugar de sus primeras creaciones e investigaciones, continúa su labor abierta a todos los ciudadanos. El concurso generoso de las principales figuras del mundo científico y artístico español e internacional lo hacen posible. Si el paisaje arquitectónico y su emplazamiento son sorprendentes (los mismos edificios que Gropius calificó en 1926 de «magnífico ejemplo de mudéjar funcional»), lo más atractivo de la actual Residencia, y lo que la distingue de otras instituciones culturales, es el clima cotidiano de relación y convivencia que se produce por el hecho de que en ella residen no sólo los protagonistas de sus actos culturales, sino un conjunto de investigadores, creadores y artistas procedentes de los países más diversos. Si hubiera que buscar un ejemplo de diálogo interdisciplinar, la Residencia sería el lugar adecuado: científicos, escritores, músicos y artistas de todo el mundo comparten sus instalaciones dando lugar a una convivencia de ideas y disciplinas que difícilmente puede encontrarse en otro lugar. Particularmente el comedor –abierto al público en general– propicia sorprendentes encuentros con su sistema de mesas compartidas. «Es como revivir una época de la historia contemporánea de España», opina el historiador norteamericano Ronald Fraser. Elogiosas, sin duda, las palabras del señor Fraser, pero un tanto nostálgicas. Nostalgia que ya no existe en su compatriota Daniel G. Green, neurólogo, profesor de la Universidad de Michigan: «No conozco otro lugar en España que me guste más. La Residencia es verdaderamente un lugar único, no sólo como foro de actos científicos y culturales, sino maravilloso para vivir.» Probablemente el señor Green coincidió durante su estancia con su compatriota el poeta John Ashbery, o con el inglés Charles Tomlinson, ocasión improbable aun en su país. Pero quizá no fue así, y el intercambio se produjo con Octavio Paz, Gonzalo Rojas o Álvaro Mutis. Aunque tampoco tuvo por qué suceder de esta manera y lo que definitivamente hizo distinta su estancia fueron algunas conversaciones con algún becario de la Residencia que preparaba su tesis. O quizá lo que le agradó al profesor fueron los jardines y su tranquilidad, como le ocurrió a John Ashbery: «me gusta mucho la calma, la sombra de los castaños y la brisa que mueve persianas y cortinas invitándome a escribir poesía». Álvaro Mutis, una de las voces más lúcidas de la literatura hispanoamericana, residente habitual (participe o no en la actividad de la Residencia), opina –«siempre más allá de los mitos, es decir, en mitos nuevos»– que uno de los grandes alicientes de la casa «son sus croquetas», junto a la amabilidad de Paquita, la gobernanta, aclara de inmediato. Lo importante es que cada una de estas imprevisibles circunstancias, que pudieron hacer agradable la estancia del profesor Green, es posible que sucedieran. «Nada más honroso para el viejo poeta errante que este oxígeno único» escribió Gonzalo Rojas en el libro de honores. Oxígeno que, para el narrador y poeta inglés John Berger, hace perdurable «la obstinación en la tolerancia, una tradición que siempre se renueva». Oxígeno que favorece la combustión de las ideas y moviliza al encuentro. Desde 1989 hasta 1993 la Residencia, con la colaboración del Ayuntamiento de Madrid, mantuvo un programa de becas para estudiantes de tercer ciclo y creadores, que ha sido renovado para el curso 1997-98. De aquella experiencia quedan testimonios que resumen mejor que cualquier crónica la vida en la Residencia. Esther Gómez, filóloga e investigadora: «La Residencia ofrece todas las posibilidades para trabajar, y en ella puede encontrarse algo desgraciadamente escaso en el mundo académico: vinculación de lo aprendido a la vida diaria y comunicación libre de saberes. En este aspecto me ha sido muy beneficioso poder establecer contacto con filólogos extranjeros como Norio Shimizu, D. S. Severin y, sobre todo, Jeremy Lawrance. [...] Pero la Residencia da la posibilidad de entrar en otros ámbitos culturales: la música, por poner algún ejemplo. Causaron en mí una honda impresión Carlo María Giulini y el profesor Bylsma, cuya lección magistral a propósito de las suites para violonchelo de Bach fue una demostración práctica de formas interpretativas.» Para José Carlos Quintela, biólogo molecular, su experiencia de becario se resume casi en menos palabras que el título de su tesis: «Aun después de tantos meses vividos día a día, la Residencia resulta siempre novedosa, impregnada de un espíritu intenso y renovado que no permite comparar la experiencia en ella vivida con ningún otro lugar.» Ellos, los becarios, son la juventud eterna de la que habla Moreno Villa en el extracto de Vida en claro que reproducimos en la página dos. La música es parte fundamental en la vida de la Residencia: el cante esencial de Rancapino o Morente, junto a la genialidad de Chelibidache, de Pollini, de Lorin Maazel, o el veterano inconformismo de Georg Solti. Una noche, en el salón de actos, Olga Orozco, la gran poeta argentina, se arrancó a cantar tangos acompañada al piano por Daniel Devoto, el que fuera discípulo de Satie. Cuando los aplausos de los presentes interrumpieron la voz de Olga, Devoto continuó al piano durante dos horas más. Los asistentes, incrédulos de que aquella luz pudiera salir de un piano viejo que ya estaba ahí cuando Federico quería divertir a sus amigos, no sentían pasar el tiempo. Al salir, de madrugada, Devoto, con los ojos llenos de malicia, dijo: «nada era de Satie». Improvisando, «a la manera de», había detenido el tiempo. El ambiente diario de la Residencia hace posible la convivencia de distintas generaciones: veteranos premios Nobel, como el químico suizo Richard Ernst o el físico norteamericano Murray Gell-Mann, junto a estudiantes de postgrado e investigadores, escritores y artistas en el comienzo de sus carreras. El número de científicos, a los que Chavela Vargas, otra residente habitual, llama cariñosamente «mis polímeros», aventaja al del resto de residentes; pero también son numerosas las animadas tertulias de filósofos, de hispanistas..., y no es extraño encontrar a un grupo de músicos ensayando con ocasión de algún concierto. Todo este movimiento se intensifica con las visitas de investigadores y estudiosos, residentes o no, que acuden al Centro de Documentación. A partir de la Biblioteca del Museo Pedagógico Nacional y del Archivo de la Junta para Ampliación de Estudios, se ha ido generando un fondo documental y bibliográfico que en la actualidad constituye el más valioso archivo sobre la Generación del 27 y uno de los más importantes sobre la historia intelectual y de la ciencia del primer tercio del siglo xx español. Estos papeles, que son el orgullo de la casa, hicieron exclamar a Juan Marichal ante un grupo de amigos que visitaba el Centro de Documentación: «Sólo con esto –y trazaba con la mano un círculo en el aire– estaría más que justificada la nueva etapa de esta Residencia de Estudiantes.» Todo lo demás es lo que aquí se ha tratado de contar. La vida. |